
Una de las cosas más extrañas de ser madre ha sido verte crecer, y, al mismo tiempo, sentir que, en mi corazón y mis brazos, sigues cabiendo exactamente igual que la primera vez que te sostuve.
Querida Elena,
Hoy cumples dieciocho años, en muchas partes del mundo, hoy, cumples la mayoría de edad. Con ello, vienen ciertos privilegios, así como deberes y responsabilidades. Yo, sin embargo, te veo y sigo mirando aquella bebé prematura y diminuta de menos de dos kilos, cuyo peso apenas podía sentir cuando la cargaba en brazos.
Una de las cosas más extrañas de ser madre ha sido verte crecer, y, al mismo tiempo, sentir que, en mi corazón y mis brazos, sigues cabiendo exactamente igual que la primera vez que te sostuve.
Por ley, dicen que a los dieciocho te conviertes oficialmente en adulta. El mundo te dice que es momento de dejar atrás tus gustos y preferencias de niña, quizás incluso tu inocencia y tu alegría, porque el mundo de los adultos requiere cierta seriedad y no hay tiempo para tonterías.
Déjame contarte un secreto: todo es mentira. Incluso las advertencias fatalistas y amenazas que yo misma llegué a usar en algún momento para obligarte a estudiar, madurar y que te interesases por las “cosas de adultos”.
Todo, absolutamente todo, es mentira.
En ningún sitio está escrito que para cuando cumplas los dieciocho años tienes que saber exactamente quién eres, hacia dónde vas y qué quieres hacer por el resto de tu vida. No tienes que tener la vida resuelta. No tienes que elegir ahora un único camino ni tener todas las respuestas a las preguntas más trascendentales.
Pero esto, sospecho que tú ya lo sabes.
Admiro y respeto que no has caído en la trampa de medir tu vida en números, y que a tu corta edad no has permitido que esto te defina, ni las expectativas de los demás, incluyendo las mías, ni que nada ni nadie te hayan hecho sentir que deberías estar en un momento o en un lugar diferente al que estás.
A mí personalmente, me has dado una invaluable lección con la manera en que has sabido escucharte, conocerte y darte permiso para avanzar solo cuando has estado lista y no cuando el mundo ha esperado que lo hagas.
Has cambiado de dirección y has roto moldes cuando tu corazón te lo ha pedido, sin necesitar encajar ni la validación de nadie más que la de tu propia alma, incluso cuando eso significaba apartarte del camino trazado y abrir el tuyo propio.
Respeto la mujer en que te estás convirtiendo, pero también respeto profundamente la niña que fuiste hasta hace muy poco y que sigues siendo en muchos aspectos, y todo lo que has tenido que atravesar para llegar hasta aquí.
He visto tus momentos más difíciles. Te he visto luchar contra la soledad y la tristeza y hacer de tus monstruos tus amigos. He visto cosas que quizás no siempre supe cómo acompañar, pero que tú sí supiste atravesar.
Has trascendido batallas que nadie de tu edad debería tener que enfrentar. Lo has hecho con una fortaleza y madurez superior a la de cualquier adulto. Lo has hecho en silencio. Sin esperar que nadie te celebre ni te aclame. Así de grande eres, tanto, que no necesitas que nadie te lo confirme.
Por esto y muchas cosas más, admiro y respeto profundamente tu camino. Pero, sobre todo, confío en la manera en que has elegido andarlo. Confío en ti. En tu grandeza y sabiduría, no porque ya eres una adulta, sino precisamente porque no tienes la necesidad de demostrarlo.
Has entendido que la madurez no consiste en dejar atrás quién eres en esencia, ni en renunciar a tu alegría, tu nobleza o a las cosas que te hacen genuinamente feliz, pero que sí está en conocerte a ti misma cada vez más, poner tus propios límites, confiar en tu intuición, permitirte cambiar de opinión las veces que sea necesario y respetar tus elecciones y tiempos.
Ojalá continúes siempre así. Siendo tu propia vara con la que medirte. Sin necesidad de correr para alcanzar a nadie ni vivir la vida de otros más que la que sea que tú elijas. Que cada día, mes, año, década, sin importar qué número sea, te encuentre siempre libre, curiosa y feliz. Que nunca sientas que tienes que convertirte en nada que tu corazón no haya elegido todavía.
Hoy el mundo te felicita porque ya eres “adulta”. Yo, en cambio, te felicito simplemente por ser tú; y eso ya es mucho.
No tienes que demostrarle nada al mundo. No tienes que correr. Solo tienes que seguir descubriendo quién eres. Yo voy a procurar respetar cómo se ve ese descubrimiento para ti.
Voy a intentar respetar tu camino, incluso cuando sea diferente al que yo hubiera imaginado para ti; y quizás el que yo hubiera elegido para mí. Voy a confiar en tus decisiones, incluso cuando me cueste soltarte. Y voy a estar aquí para recordarte, cuando tú misma olvides, todo lo que ya has sido capaz de superar.
Porque si algo me han enseñado estos 18 años es que eres mucho más fuerte, mucho más sabia y mucho más capaz de lo que a veces tú misma alcanzas a ver.
No tengas prisa, mi niña. Disfruta tu camino.
Y cuando necesites parar, para.
Cuando necesites cambiar de camino, cambia.
Cuando necesites volver a casa, vuelve.
Yo estaré aquí siempre para ti. Porque para el mundo hoy cumples 18 y la gente te felicita diciendo “¡Qué grande estás!”, pero yo te miro y pienso: “…y qué pequeña sigues siendo en mi corazón”.
Qué privilegio tan inmenso ha sido poder acompañarte hasta aquí. Me emociona todo lo que te espera por vivir de aquí en adelante, sea cuando sea y sea lo que sea que tú elijas.
Te quiere,
Mamá