Carta 18: Sobre el año que nos cambió la vida…

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“Hoy como siempre, no hay certeza del mañana, pero hay algo más fuerte y poderoso; hay esperanza.”

Querida Elena,

Te escribo esta carta una noche de marzo del año 2020, el año en el que como ya sabrás el mundo entero se detuvo, la tierra decidió sanar, y el hombre se vio obligado a evolucionar.

Para cuando leas esta carta, quizás este año ahora sólo sea un vago recuerdo de tu infancia. Quizás te lo recuerde alguna película de muchas que harán sobre el tema. Quizás todo lo que aconteció, quién sabe cuantos años después, te siga pareciendo tan increíble que solo pudiera haber salido de un guión de Hollywood. Pero fue real hija, fue el año en el que nos cambió la vida; fue el año en el que comenzamos de nuevo y aprendimos a vivir.

Veo en tus ojitos algo que empieza a parecerse mucho a la ansiedad y al miedo. Te distraes fácilmente haciendo tu trabajo de la escuela a través de una pantalla. Haces muchas preguntas e intuyo que te callas otras tantas por miedo a escuchar sus respuestas. Intento reafirmarte como puedo que todo estará bien, que no hay nada que temer, y que tú, a mi lado; siempre estarás segura. Ahora puedo confesarte que a veces los padres nos vemos obligados a mentir por amor a nuestros hijos, quizás ahora donde sea que estés, lo hagas tú con los tuyos. Lo cierto es que no tengo certeza alguna de qué pasará, pero quiero creer con todo mi corazón, de que tal como te lo prometí, todo estará bien. Al final hija, nunca hemos tenido la certeza de nada, esto siempre ha sido así, hemos tenido la ilusión de tenerla, una falsa certeza, de que mañana despertaríamos a la hora que sonara la alarma y cumpliríamos con una agenda (casi siempre saturada) según lo habíamos planeado días, semanas antes. Volveríamos a casa exhaustos después de una larga jornada de trabajo, dedicaríamos unos minutos a nuestra familia, y el cansancio nos vencería hasta despertar la mañana siguiente y volveríamos a comenzar el mismo interminable (e insostenible) ciclo. Hoy como siempre, no hay certeza del mañana, pero hay algo más fuerte y poderoso; hay esperanza.

El ser humano es una criatura interesante e incomprensible, y el miedo nos hace actuar de maneras “curiosas”. Cuando creemos perder la certidumbre de algo (que en realidad jamás hemos tenido) y se nos saca de nuestra rutina, comenzamos a actuar en maneras cuestionables, por ponerle un adjetivo. Intentamos buscar consuelo en nuestras viejas maneras, resistimos al cambio, comemos ansias pensando en el futuro (uno incierto) y nos quejamos, ¡Ah, cómo nos quejamos!. ¿Sabes lo curioso? Es que antes del 2020 nos quejábamos del ritmo frenético que había adquirido la vida, de pasar diez horas en una oficina, de no poder pasar más tiempo en casa con nuestra familia, de gastar tanto en cosas innecesarias. Y cuando por fin la tierra escuchó nuestras plegarias y nos dio exactamente lo que llevábamos décadas pidiendo, ¿adivina qué? muchos nos seguimos quejando. Te lo dije hija, somos criaturas interesantes e incomprensibles.

Pero no todos se quejaron, algunos aceptaron las lecciones que este cambio traía. Con el paso de las semanas, los meses, la situación empeoró para muchos. Para aquellos que se aferraron al miedo, y no a la esperanza ya ni te cuento como terminó la historia por que probablemente lo sabes. Todos perdimos algo o a alguien, pero la mayoría ganamos y pudimos ser testigos de un nuevo amanecer. Para aquellos que eligieron el amor, la esperanza, la compasión, la paciencia, la solidaridad, y la humildad, la vida sí que realmente cambió y no podrás creer cuánto ganaron.

Descubrieron una nueva manera de vivir, una más sencilla, más lenta; como siempre debió ser. Aprendieron que la familia y nuestros seres queridos son lo más importante. Aprendieron que NADA sustituye el contacto humano, el roce de una mano o el calor de un abrazo. Aprendieron que el verdadero valor del tiempo recae en cómo lo usemos y con quién lo pasemos. Aprendieron que llegar primero no siempre es ganar, que más no siempre es más, y que menos a veces no sólo es bueno sino necesario. Aprendieron que juntos es la única manera de vencer el miedo. Aprendieron que compartiendo no se resta ni se divide, sino al contrario, se suma y se multiplica, y se tendieron la mano unos a otros como hermanos que eran, sin más miedo a tocarse. Aprendieron que poco puede ser mucho, y que mucho puede servir de absolutamente nada. Aprendieron que para amar a otros primero debían aprender a amarse y a estar con ellos mismos, y que para vivir en paz en el mundo primero deberían hacer las paces con uno mismo. Aquellos que estaban solos aprendieron que en realidad nunca lo estamos, y aquellos que estaban rodeados de mucha gente y relaciones superficiales, comprendieron con quién querían realmente estar. Aprendieron sobre la importancia de perdonar. Aprendieron a jamás volver a callar un ‘te quiero’. Aprendieron el privilegio de poder decir ‘te amo’ en vez de ‘te extraño’. Aprendieron que un extraño puede convertirse en un amigo, y un amigo en un extraño. Aprendieron a no tomar nada por sentado y a apreciar lo mucho o poco que tuvieran. Aprendieron una nueva definición de la palabra milagro. Aprendieron que soñar con el mañana era bello, pero vivir el ahora lo era más aún. Aprendieron a no hacer planes, sino a vivirlos. Aprendieron que hogar no es un lugar sino un sentimiento. Unos aprendieron a reír, y otros aprendieron a llorar, y que llorar a veces es muy necesario para sanar.  Recordaron que para vivir era necesario respirar, y agradecieron cada inhalación, cada exhalación; y aprendieron a vivir como si cada vez que lo hicieran sería la última.

Esta es una carta de esas que se deben escribir sin final, por que sólo escribo desde la esperanza sin la certeza de nada. Perdona si te he mareado bailando entre el pasado y el futuro. ¿Qué más da el final? Si lo que importa es la historia, y esta es una de amor y de esperanza. Ojalá haya sido una buena, ojalá haya cambiado para bien el mundo en el que tú ahora vives. Ojalá la recuerdes con orgullo. Ojalá recuerdes los días que vivimos juntos en casa con lágrimas de felicidad y no de tristeza. Ojalá nunca olvides…

Te quiere,

Mamá.

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